Durante los últimos 60 años, los niveles de ruido de origen antropogénico se han duplicado aproximadamente cada década. Actividades humanas como el tráfico marítimo o la construcción de infraestructuras, entre otras, generan un incremento de la contaminación acústica en el medio marino, lo que suele tener consecuencias negativas sobre los ecosistemas. Mamíferos, tortugas, e incluso peces y crustáceos, sufren los efectos de esta exposición creciente, que interfiere con funciones vitales como la comunicación, la reproducción o la orientación. Trabajar por un océano más silencioso constituye un reto ineludible, que exige avanzar hacia niveles acústicos compatibles con el Buen Estado Ambiental de los ecosistemas.
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